El amor puede ser dos cosas a la vez: medicina que salva o veneno que mata lento.
Hay personas que llegan como un bálsamo, que te sanan con una mirada, que hacen que tu respiración se calme y tu mundo tenga sentido. Pero también existen esas que parecen darte vida y, en silencio, te van envenenando.
El veneno no llega de golpe. Es sutil: una palabra que te humilla disfrazada de broma, un silencio que te congela, una mentira que te arranca confianza. Y lo toleras porque el mismo que te envenena es el que después aparece como “cura”: te da un beso, te pide perdón, te promete amor eterno. Y caes otra vez.
El problema es que, cuando alguien es a la vez veneno y cura, terminas confundiendo el dolor con el amor, la dependencia con la pasión, la ansiedad con las mariposas. Y eso te destruye. Porque nadie debería ser tu antídoto si también es la razón de tu herida.
El verdadero amor cura sin necesidad de envenenar primero. Y lo que duele constantemente no es amor: es adicción, es autoengaño, es la ruina que vistes de romance para no aceptar la verdad.
Así que míralo de frente: ¿esa persona que tienes al lado es medicina o es veneno? Si es las dos cosas, no es amor. Es cárcel. Y de las cárceles, mi vida, se sale.



