Hace dos noches tuve un sueño tan vivido que a la mañana siguiente me dispuse a escribir esta historia que ahora les envió
Título: “Los árboles que se amaron a distancia”
Había una vez, en algún rincón del mundo donde el silencio era profundo y el viento tenía voz propia, dos árboles crecían a cada lado de un río. No eran árboles cualquiera. Sus ramas parecían buscarse, sus hojas se agitaban con ansiedad cada vez que una brisa les permitía rozarse apenas con la mirada. Nadie supo cuándo se enamoraron. Tal vez fue cuando brotaron por primera vez, o tal vez fue cuando entendieron que, por más que lo intentaran, jamás podrían tocarse.
Y es que entre ellos… fluía un río.
Un río ancho, impasible, que les recordaba cada día que estaban destinados a mirarse desde lejos.
Pero aún así… se amaban.
Se amaban con raíces que temblaban bajo tierra.
Se amaban con ramas que bailaban desesperadas en los días de tormenta.
Se amaban con silencios que decían todo.
Pasaron los años. Las estaciones pintaban sus hojas con los colores del tiempo, pero el amor no menguaba. Al contrario… crecía. Cada gota de lluvia que tocaba sus troncos era una caricia que soñaban compartir. Cada amanecer era un nuevo suspiro que no podían abrazar.
Hasta que un día, llegó el cambio.
Una constructora anunció que un puente uniría las dos orillas.
Unir.
Una palabra que jamás habían osado imaginar.
Pero ese puente también significaba que los árboles serían removidos…
y eso fue como un rayo partido en dos.
El primero en ser sacado fue él.
Sus raíces se resistieron.
El suelo lloró al soltarlo.
Y ella… oh, ella lo miraba desde su orilla sin poder gritar, sin poder correr. Solo podía temblar…
“¿Volveré a verlo?” —se preguntó, mientras su savia ardía de incertidumbre.
Pasaron los días…
Y entonces, el milagro.
Sin saberlo, sin buscarlo, por azar… o por destino,
los dos árboles fueron replantados.
Uno junto al otro.
Tan cerca…
que el viento ya no tenía que llevar los susurros: ahora podían decírselos al oído.
Tan cerca…
que sus raíces, desesperadas por años de distancia, se entrelazaron con pasión bajo la tierra.
Un abrazo oculto, profundo, eterno.
Tan cerca…
que sus ramas se acariciaban como amantes nuevos, en una danza frenética cada vez que el viento las empujaba.
Ya no había río que los separara.
Ya no había distancia.
Ahora eran uno.
Y aunque seguían siendo dos árboles… sus almas estaban fundidas.
Porque cuando el amor resiste el tiempo, la espera, la ausencia…
la recompensa es el milagro.
Y así…
los que pasaban por ese puente no sabían que estaban cruzando sobre un amor que había desafiado lo imposible.
Un amor que empezó con una mirada…
y terminó en un abrazo que durará toda la eternidad.
Gilberto Barciela



