Tú que lees esto, deja de buscar consuelo en frases bonitas. La herida que llevas no se va a cerrar con amor propio mal entendido, ni con afirmaciones frente al espejo. No. Esa herida es tu entrada. Tu pasaje. Tu infierno personal. Y hasta que no entres por ella, no vas a salir del bucle.
¿Crees que puedes sanar sin mirar lo que te rompió?
¿Crees que puedes avanzar ignorando el lugar exacto donde se originó tu dolor?
No puedes. Te lo digo con la voz de alguien que ya se arrastró por su propia sangre y cruzó esa maldita puerta: solo sanas si te atreves a sangrar de nuevo con conciencia.
Muchos quieren anestesia. Terapias suaves. Coaching de azúcar.
Pero la verdad es que la sanación verdadera te va a partir en dos.
Te va a arder.
Te va a doler más que todo lo anterior.
Te va a dejar sin excusas.
Te va a hacer ver que fuiste tú quien permitió muchas cosas. Que lo que te hicieron fue injusto, sí, pero que tú también te traicionaste cada vez que te callaste, cada vez que volviste, cada vez que te mentiste.
La herida es la puerta. No la niegues. No la tapes.
Abre. Mira dentro. Camina hacia ese dolor.
No te vas a morir.
Ya te estás muriendo en la mentira de que estás bien.
Cruzar la herida es dejar de ser víctima.
Es dejar de lamerse las cicatrices como si eso fuese sanar.
Es enfrentarse a los fantasmas, sin linterna, sin mapa, sin guía.
Es reencontrarte contigo sin máscaras.
Así que sí. La herida es la puerta. Atrévete a cruzarla.
O quédate donde estás.
En el mismo lugar.
En la misma historia.
Con la misma pena.
Con la misma excusa.
Tú decides.



